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Notas sobre Lavapiés, videovigilancia, seguridad, espacio público, miedo y libertad

octubre 13, 2009

¡Madrid!, originalmente cargada por www.insurgenciagrafica.es

Por Isaac Rosa

1.-  ¿Saben que hay madrileños que nunca vienen a Lavapiés? No es tan extraño, dirán algunos; Madrid es muy grande y hay barrios que no solemos frecuentar. Pero en el caso de Lavapiés es una ausencia intencionada: la voluntad de no pasar por un barrio cada vez más estigmatizado, y al que se le ha colocado el sanbenito de la inseguridad. Cada ciudad tiene barrios que son evitados por una parte de los habitantes de la ciudad. En Caracas -un caso extremo, lo sé- llaman “zona roja” a los barrios considerados más inseguros, que son por supuesto los más pobres, y también donde viven los partidarios del presidente venezolano Hugo Chávez, de forma que lo de roja tiene el doble sentido, de peligro y político. Madrid tiene su “zona nacional”, como se conoce al barrio de Salamanca desde hace décadas; tiene su milla de oro y sus zonas exclusivas, y por supuesto también tiene su zona roja: barrios estigmatizados que son evitados por quienes viven en otros barrios. Como en Caracas, salvando las distancias, lo llaman inseguridad pero quieren decir pobreza. Tal vez les sorprenda, pero he conocido madrileños que nunca han estado en Vallecas, en Carabanchel, San Blas, ni por supuesto Villaverde. No los conocen, pero asocian sus nombres a la prensa de sucesos. No es casualidad que sean las zonas más populares de la ciudad, las de renta más baja, pero también las más inquietas socialmente.
2.- Leí en algún sitio que en las grandes ciudades estadounidenses los taxistas llevan, para moverse por las calles, unos mapas un tanto peculiares. No sirven para orientarse, o tal vez sí, pero no en el sentido callejero clásico. Se conocen como “mapas de peligrosidad”, y distinguen mediante colores las zonas de la ciudad en función de su mayor o menor peligrosidad, a partir de índices de delincuencia pero también de percepciones, por supuesto subjetivas. Me da la sensación de que en Madrid cada vez más ciudadanos se mueven guiados por sus propios mapas de peligrosidad. Mentales, por supuesto, aunque no nos extrañe que cualquier día los impriman y comercialicen. Y en esos mapas de peligrosidad madrileños, el barrio de Lavapiés aparece en color cada vez más rojo.
3.- Es curioso: el mismo barrio (Lavapiés) es idealizado por unos y demonizado por otros. El cielo y el infierno, mentales, habitan las mismas calles. Mientras unos idealizan estas calles con la seducción de la multiculturalidad, la vida callejera, lo popular, en términos de riqueza cultural y atractivo un tanto pintoresco; otros demonizan las mismas calles, y donde unos ven riqueza y buen rollo, otros ven problemas, peligro, delincuencia, inseguridad. El mismo extranjero que unos ven como un regalo es para otros una amenaza. Tanto unos como otros tienen una visión deformada, por supuesto. No creo que Lavapies sea ni el cielo que pintan unos ni el infierno que indican otros. Pero parece moverse entre ambos extremos. Esa percepción es típicamente urbana: la ciudad siempre ha sido vista desde los extremos: el cielo y el infierno, el espacio de la libertad y el de la incertidumbre, sueño y pesadilla, el lugar de las oportunidades y el de las amenazas, donde el anonimato te protege pero también te expone y enfrenta a esa posibilidad de que la indiferencia de los demás (la desatención cortés) se rompa y llegue la violencia.

4.- En el caso de Lavapiés, la estigmatización no es casual, claro. Responde a una estrategia de deterioro y abandono, cuyos fines últimos sabrán mejor que yo los colectivos sociales que trabajan en el barrio y vienen denunciando ese deterioro y ese abandono. Una estrategia que ha conseguido que el barrio sea incluido en los mapas mentales de peligrosidad de cada vez más ciudadanos, aquellos que seguramente verán bien, celebrarán, la instalación de cámaras en sus calles. No nos engañemos: esos que evitan Lavapiés por miedo, seguirán sin venir. Porque la instalación de cámaras de videovigilancia, lejos de mostrarles el barrio como un espacio más seguro, será la confirmación de sus sospechas: el razonamiento es muy simple: si han puesto cámaras, será que hacen falta, será que hay peligros y delincuentes a la vuelta de cualquier esquina.

5.- La inseguridad subjetiva: Mike Davis se ha referido en alguna ocasión a la percepción tan diferente que tienen los habitantes de unos barrios de una misma ciudad sobre la seguridad de su entorno. Quienes viven en las zonas ricas de la ciudad muestran una preocupación por la seguridad en sus calles varias veces superior a la de quienes viven en las zonas consideradas “marginales” respecto a sus propias calles. El miedo, ese tipo de miedo urbano, es un sentimiento socioeconómico. El miedo, en Madrid, va por barrios. Los más preocupados por su seguridad, quienes más medidas de protección exigen a las autoridades o contratan en el mercado de la seguridad, son precisamente quienes viven en las zonas con índices de delitos más bajos. Basta pasear por ciertas calles de Madrid para comprobarlo, pues hay signos externos muy visibles: la presencia de la seguridad privada, por ejemplo, cuyas pegatinas identificativas marcan cada vez más fachadas, señalando los pisos que han contratado sus servicios. Normalmente son pisos bajos, primeras plantas, pero en algunas calles va alcanzando la segunda, la tercera, la cuarta planta, el edificio entero. A la manera de aquellos azulejos que marcan el nivel alcanzado por la última crecida del río, podemos ver la altura en pisos que alcanzan las pegatinas de los Prosegur y compañía, para decir: “Hasta aquí llegó el miedo en este barrio.”

6.- Supongo que se podría formular una ecuación, y lo digo en términos matemáticos, para calcular el miedo de cada barrio. Variables que formarían parte de esa ecuación: la clase social, el nivel medio de renta disponible, el índice de delitos. Podríamos incluir en la ecuación, seguramente, el precio de metro cuadrado, y el número de policías y guardias privados por cada mil habitantes. Incluyan también el número de cámaras de videovigilancia, por qué no. El resultado de esa fórmula sería la cantidad de miedo de ese barrio.

7.- Me he referido antes al mercado de la seguridad, el negocio de la seguridad privada, que podríamos llamar más bien el negocio del miedo. Es una de las industrias con mayor desarrollo en los últimos tiempos. Y seguirá creciendo. Seguramente las cámaras de videovigilancias de Lavapiés -lo ignoro, disculpen que no me haya informado- serán una concesión administrativa mediante concurso al que podrán presentarse empresas. Ya sabemos cómo acaban estos procesos de privatización del espacio público.

8.- Llegamos al meollo del asunto: la confrontación entre espacio público y espacio privado. La progresiva privatización del espacio público. La intervención, la vigilancia de las autoridades -mediante cámaras, ahora- sobre el espacio público para evitar su apropiación por parte de sus habitantes. Manuel Delgado ha distinguido entre propiedad y apropiación en el espacio público, y de eso se trata: frente a la propiedad (privada o estatal) del espacio público, la apropiación que libremente hacen del mismo los ciudadanos.

9.-El espacio público va retrocediendo frente al espacio privado. Áquel es abandonado, se permite su deterioro para su posterior privatización. Quienes pueden permitírselo huyen del espacio público y se refugian en el espacio privado: la urbanización con zonas de uso particular, el centro comercial, el complejo de oficinas, de forma que, a bordo del vehículo privado, uno pueda ir de un garaje a otro, de casa al centro comercial o al trabajo y vuelta, sin pisar la calle, ese espacio público que queda para quienes no pueden huir de él, quienes no tienen más remedio que habitarlo, quienes no pueden permitirse un espacio privado. La agorafobia urbana, enfermedad de clase, que sólo sufren los que pueden pagárselo.
10.- El centro comercial como espacio privado que intenta sustituir a la calle. Un sucedáneo de calle, una calle sin los problemas de la calle: un lugar idealizado, limpio, iluminado, donde poder hacer todo aquello que hacemos en la calle (pasear, ver gente, consumir, quedar…), pero sin los problemas de la calle, sin incertidumbre, sin delincuencia, sin pobres. Una calle ideal, sin ambigüedades, sin zonas de incertidumbre, hay puertas de entrada y de salida, siempre la misma iluminación y temperatura, todo señalizado, si cae un papel al suelo lo limpian pronto. Pero de la calle podemos apropiarnos, del centro comercial nunca. En un centro comercial no podemos concentrarnos, manifestarnos, desfilar, celebrar, todo está reglamentado. Y no olvidemos que la seguridad privada de los centros comerciales no está para protegernos, sino para proteger el espacio privado (las tiendas, las mercancías) de nosotros, que somos la amenaza.

11.- El discurso de la inseguridad ciudadana como una maniobra de distracción: consiguen que miremos sólo unas formas de delincuencia, de violencia, de inseguridad, y no otras. El tironero, la pandilla violenta o el pederasta que secuestra niños tapan otras amenazas, otros peligros mucho más graves. Por eso instalan cámaras en las calles, y no las instalan en lugares donde se da una violencia desatendida por los propagandistas de la seguridad: ¿por qué no ponen cámaras en las empresas donde se explota para vigilar a los patronos? Sí, a veces se ponen cámaras en los centros de trabajo, pero es para vigilar a los trabajadores, para que no se distraigan, para que no roben. Tampoco habrá nunca cámaras para mostrar la miseria en que se ven obligados a vivir muchos ciudadanos, ni tantas zonas de sombra en las que se desarrollan esas violencias que no vemos mientras miramos lo que ha grabado la cámara en una calle de, por ejemplo, Lavapiés.

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One Comment leave one →
  1. octubre 15, 2010 12:53 am

    Nací en el barrio Lavapies, aqui vivieron también mis padres y yo he educado a mis dos hijos.
    Este barrio es muy castizo y bonito y tiene la misma inseguridad ciudadana que otros que ni siquieran comentan los medios. Es ganas de fastidiar.
    Aqui siempre ha habido gente honrada y trabajadora que queremos no oir hablar mal del barrio por culpa de algunos delicuentes que repito están hoy en día por todos los barrios.
    Estoy muy orgullosa de ser de Lavapies.

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